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La misión de los elegidos

 “El pequeño llegará a ser un millar; del menor saldrá un pueblo poderoso. Yo Jehová, a su tiempo haré que esto se cumpla pronto”. Isa. 60:22.

SOLÍA PREOCUPARME por el futuro. ¿Cómo rayos va a alcanzar Dios al mundo entero? ¿Comprendes con cuánta rapidez crece la raza humana? Cada segundo nacen cuatro bebés y mueren dos personas en algún lugar de la tierra. Con un crecimiento neto de dos por segundo, eso quiere decir que cada seis días nuestra población aumenta en un millón de personas. No podemos tan siquiera alcanzar a la gente que está aquí ahora mismo, ¡y mucho menos a los que siguen naciendo entretanto! Pero luego me topé con dos expresiones inusuales que me han infundido nuevo aliento de una esperanza nueva para el futuro. Y ambas expresiones son insinuadas en nuestro texto de hoy.

Primera expresión. Progresión geométrica. Es una realidad matemática que funciona así. Digamos que eres un adventista del séptimo día ferviente y apasionado (estoy seguro de que así es) y que estás comprometido con alcanzar al menos una persona por año (espero que lo estés). Cada año invertirás suficiente energía para llevar a otro ser humano a que se convierta en un adventista que comparta tu mismo fervor y tu misma pasión. ¿Cuánto tiempo te llevará alcanzar al mundo entero? En un año serían dos (tú más la persona que ganaste). Al segundo año ambos salen y cada uno de ustedes gana otro, lo que hace cuatro. Al tercer año se convertirían en ocho. Al cuarto año se convertirían en dieciséis. En el décimo año serían 1.024 adventistas apasionados. En veinte años se habrían convertido en un millón. En treinta años serían mil millones de adventistas fervientes y apasionados igualitos a ti. Y en treinta y cinco años ¡se habrían convertido en cinco veces la población del mundo! Así que en menos del transcurso de una vida podrías alcanzar a todo el planeta cinco veces.

Naturalmente, para que nuestro ejemplo de progresión geométrica funcione, sería necesario que tú y las personas a las que alcances abrazaran dos compromisos: (1) un compromiso ferviente y apasionado con su Señor; y (2) un compromiso ferviente y apasionado de reproducirse una vez cada año. Y ahí precisamente está el quid de lo dicho por Isaías: “El pequeño llegará a ser un millar; del menor saldrá un pueblo poderoso”. Lo que otrora rechacé por ser casi imposible, ahora parece realizable, al menos matemáticamente. Todo el planeta puede ser alcanzado en menos del transcurso de una vida.

Eso quiere decir que Dios no ha dado a los elegidos una “misión imposible”. Tu ferviente compromiso con Cristo y su misión, unida a la realidad que subyace a la segunda expresión inusual (la lectura de mañana), puede hacer que los números funcionen de verdad.
“Solo en Dios encuentro paz; mi salvación viene de él” (Salmo 62:1).

Efesios 2:8 es uno de mis pasajes favoritos de la Biblia: “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios” (NVI). Me alegra saber que mi salvación no es resultado de mi obediencia, puesto que tengo que ser sincero conmigo mismo y reconocer que no siempre he sido obediente. Por eso la salvación es un obsequio que Dios me da por su “gracia”. ¿Entiendes el significado de esa palabra, “gracia”? El siguiente relato nos ayudará a entenderlo.

Cuenta el pastor H. M. S. Richards en su libro The Promises of God [Las Promesas De Dios] que el hijo de una mujer fue condenado a muerte por haber cometido una grave fechoría. Tratando de salvar al muchacho, la señora se presentó ante Napoleón y le dijo:

-Le ruego que perdone a mi hijo.

-No puedo -contestó el monarca-. La justicia demanda que su hijo muera irremisiblemente.

-¡No le pido justicia! -exclamó la mujer- Lo que le pido es misericordia.

-Es que a raíz del delito que ha cometido -le dijo Napoleón-, su hijo lo que menos merece es misericordia.

-Si la mereciera no sería misericordia. Por favor, tenga misericordia de mi hijo. El emperador se conmovió ante la súplica de la madre y declaró:

-Su hijo es culpable, merece morir; pero tendré misericordia de él. Su hijo ha sido perdonado.

Napoleón lo trató con “gracia”; es decir, le otorgó lo que no le tocaba. Pablo dice que la salvación es “el regalo de Dios”. Es un presente que Cristo ha puesto al alcance de cada ser humano. ¿Significa eso que todos nos vamos a salvar? Lamentablemente, no. ¿Por qué? Porque hay mucha gente que por creer que puede ganarse la salvación a base de sus propios méritos, no la ha querido aceptar como lo que realmente es: un regalo. ¿Es ese tu caso? ¿Pretendes llegar al cielo apoyado en tu buena conducta?

La Biblia dice que a cada miembro de la raza humana “Dios les perdona sus pecados y les da la salvación” (Lucas 1:77). ¿Leiste bien? “Les da la salvación”. Por favor, acepta el regalo divino. Tú puedes disfrutar la salvación a partir de este mismo momento.

#SalvaciónEnCristo

#GraciayPerdón
Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público. Jesús

Si HA HABIDO un tiempo en que la gente haya dado gran importancia a la imagen, es ahora. Muchos viven de las apariencias y conceden la máxima importancia a lo que los demás piensan de ellos. Particularmente nosotras, las mujeres, caemos fácilmente en este error. Muchas veces hacemos las cosas para que los demás tengan una mejor opinión de nosotras. Lamentablemente, incluso en nuestra vivencia religiosa cedemos a esa gran tentación. En los tiempos de Jesús también había gente así, y el Maestro señaló cuán peligrosa es esta manera de pensar.

Jesús vivía en el punto de mira. Podría haber utilizado su popularidad para llamar la atención hacia él mismo, hacia su inteligencia, hacia sus méritos, hacia su bondad, en resumidas cuentas, hacia cuán buena persona era. En lugar de eso, no solo no aceptó que lo llamaran bueno, sino que buscaba la soledad, la discreción, y pasar momentos ante la única presencia del Padre. Sabía cuán peligroso es para un hijo de Dios vivir pendiente de cómo lo consideran los demás. Una y otra vez señaló las claves de la religión: la sencillez, la sinceridad del corazón y la dependencia de Dios.

Cuando no tenemos nada que demostrar a nadie; cuando para nosotras no existe público que nos aplauda o nos critique; cuando no hay observador que nos juzgue; cuando no estamos condicionadas de ninguna manera para causar una impresión; cuando ninguno de nuestros actos está motivado por manipular lo que los demás piensen de nosotras es cuando realmente estamos viviendo nuestra región. La religión que vivimos en privado, ante la única mirada de nuestros Dios, es la que realmente profesamos.

Ahora ponte a prueba con las siguientes preguntas: Cuando ayunas, ¿a quién se lo dices y con qué objetivo se lo dices? Cuando oras, ¿para quién eliges tus palabras y por qué? Cuando ayudas a alguien, ¿a quién se lo cuentas? Cuando te vistes, ¿qué miradas quieres atraer? Cuando das limosna, ¿te aseguras de que alguien se entere? Cuando compras un auto, una casa o ropa, ¿a quién pretenden deslumbrar? Si lo haces para que mejore la opinión que los demás tienen de ti, no vale nada delante de Dios.

Si la recompensa que esperas es la de Dios, ya sabes cuáles deben ser tus respuestas.

“Pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios” (Mat. 6:33).
Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. Juan 6:35.

Nadie esperaba que Jesús estuviera del otro lado del lago. Se lo había visto por última vez en la zona donde había alimentado a miles de personas. Las noticias del milagro se extendieron tan rápidamente que muy temprano, a la mañana siguiente, las multitudes comenzaron a acudir en manada a Betsaida, esperando encontrarlo.

Mientras tanto, Jesús y sus discípulos habían desembarcado al sur de Capernaum, en Genesaret, después de una ausencia de solo un día. Las noticias viajan rápidamente de boca en boca, y cuando la gente oyó dónde estaba, comenzaron a traerles a los enfermos.

Más tarde, cuando fue a la sinagoga, surgió una crisis verdadera; una que cambió su ministerio entero en Galilea. Mientras la gente se amontonaba alrededor, los discípulos les contaban felizmente sobre la fascinante noche en el tormentoso mar. Sus descripciones, llenas de ademanes, de lo que había ocurrido despertaron la curiosidad de todos, y quisieron escuchar lo que Jesús tenía para decir.

“Rabí”, preguntaron, ‘¿cuándo viniste aquí?”

Jesús no respondió a la pregunta. Tristemente, les dijo: “Ustedes me buscan porque comieron los panes y fueron saciados”. Conocía sus motivaciones: solo querían las mismas recompensas físicas.

La gente quería un Mesías a su propia medida. Jesús, entonces, no encajaba. Si podía realizar milagros, ¿por qué no daba a todos salud, riquezas y libertad de los romanos?

Desde que se negó a ser rey de Israel, no lo quisieron más.

Usando el símbolo de la comida, Jesús les dijo que él era el Pan de vida. Así como la comida se vuelve una parte del cuerpo, de la misma manera sus palabras, creídas y aceptadas, se volverían parte de sus vidas. Lo que significaría abandonar aquellos hábitos y costumbres que estorbarían el crecimiento espiritual, pero que mirando su amor cambiarían, para ser como él.

La prueba fue demasiado para la mayoría de las personas. Si no podían tener a alguien que dijera las cosas que los complacía, entonces no lo escucharían más. Fue el punto de inflexión: muchos decidieron no seguirlo más después de esto.

Realmente lastimó a Jesús verlos alejarse de él. Ellos no solo estaban rechazando su gran amor y compasión, sino también su propia felicidad y la vida eterna.
Tu Oración:

Querido Dios, gracias por tu amor al crear cada ave con características diferentes.

Versículo para hoy:

“Como ave que vaga lejos del nido es el hombre que vaga lejos del hogar”. Proverbios 27:8.

LAS AVES no tienen boca como tú y yo. Dios les dio un pico para poder comer. Los picos de las aves les ayudan a buscar gusanos en la tierra, perforar fruta o recoger insectos de las hojas.

No todas las aves comen lo mismo. Algunas aves, como el águila, tienen un pico diferente para comer carne y cazar a sus presas. Hay otras aves como los loros, cuyo pico tiene una punta curva para quebrar la corteza de las semillas y extraer su contenido con la lengua.

Para las aves, el pico es de lo más útil. Con él pueden recoger objetos, peinarse, construir sus nidos y alimentar a sus polluelos. Lo usan mucho, como si fuera una mano, junto con sus patas.

Las aves siempre han sido nuestras amigas. ¿Te acuerdas cuando unos cuervos alimentaron al profeta Elias? Pide a tu papá que te lea esa emocionante historia en la Biblia (1 Reyes 16 y 17).

Un poquito de ciencia

Hoy vas a hacer los diferentes picos de las aves con masa para modelar (plastilina). ¿Te acuerdas de las aves que usaste para crear tu paisaje con cartulina azul? Fíjate en los picos y usa un poco de masa para modelar los que más te llamen la atención. ¡Puedes montar una exposición sobre la mesa!
«De pronto el muchacho estornudó siete veces, y abrió los ojos». 2 Reyes 4: 35

¿Te gusta estornudar? Jesús creó el estornudo para protegerte. Cuando estornudas se limpian tus vías respiratorias. Todo tu cuerpo interviene en un estornudo. Primero te pica la nariz, luego tu cerebro te dice que debes estornudar y entonces todos tus músculos se preparan para este evento. Y… sale el estornudo: «¡Aaachús!». A ver, ¿cómo suena el estornudo? Repite este sonido: «Aaachús!». ¡Muy bien!

La Biblia cuenta la historia de un niño que estaba muy enfermo. Su mamá estaba muy triste y lloraba mucho. Entonces un profeta, llamado Eliseo, vino y oró por el pequeño y de pronto se escuchó un… «¡aaachús!». Y después seis más «¡aaachús!». Después de estornudar siete veces, el niño quedó sano.

¿Sabes qué puedes hacer si escuchas a alguien estornudar? Dile: «¡Salud!». Muchas personas lo hacen. Esta es una buena forma de mostrarles que nos preocupamos por su salud. También puedes orar por los enfermos, como lo hizo Eliseo por aquel niño.

Oración: Amado Señor, gracias por ei maravilloso cuerpo que me diste y gracias por los estornudos. Amén.
La misión de los elegidos

“Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y el eunuco no lo vio más; y siguió gozoso su camino. Pero Felipe se encontró en Azoto; y, al pasar, anunciaba el evangelio en todas las ciudades”. Hechos 8:39,

CUÁL ES EL ÚLTIMO PRINCIPIO para compartir tu fe de manera efectiva según el relato de Felipe y el eunuco etíope? Este:

Principio 7. Mantente listo a darte la vuelta y volver a empezar. La que le ocurrió a Felipe pone de manifiesto la enseñanza de Jesús: “A todo el que tiene, se le dará” (Luc. 19:26). Eso explica por qué algunas personas siguen encontrando nuevas oportunidades de dar testimonio doquier van. No es que, de alguna forma, sean mejores que el resto de nosotros. Es, simplemente, que siguen poniéndose a disposición del Espíritu, el cual, como un buen empresario, elige invertir su tesoro en los que sistemáticamente producen dividendos, no en lo que se niegan a invertir lo que tienen.

Entonces, ¿qué tal si empezáramos cada día con esta humilde y sencilla oración: “Oh Dios, hoy te ofrezco mi vida y mi testimonio. Envíame a alguien que necesite conocer a Jesús y su verdad, o envíame a mí a esa persona. Amén”? Recuerda que compartir tu fe no se basa en tu capacidad, sino en tu disponibilidad. Esta oración en silencio al comienzo del día es simplemente un anuncio al Dios del universo de que si hay alguno de sus hijos de la tierra que necesite conocer a Jesús y su verdad, tú declaras: “Heme aquí, envíame a mf (Isa. 6:8). “No tengo ni idea de quiénes son ni de lo que necesitan, pero tengo la promesa de Jesús de que tu Espíritu traerá a mí instantáneamente las palabras que necesitas que yo diga en ese momento. Y, por eso, por la autoridad de tu llamamiento y su promesa, me pongo a tu disposición hoy”.

Cuando me adentro en el día acordándome de elevar esta oración -y déjame que pulse el botón de pausa aquí: Confieso que hay días en que es lo más alejado de mi pensamiento, cuando todo lo que quiero es que me toque un asiento solitario en el avión sin ninguna interrupción o cuando todo lo que pienso es en cumplir mi agenda antes de que llegue la noche-. Pero cuando me acuerdo de ofrecerme a Dios como testigo suyo, ¡la gente con la que me encuentro y las historias que se producen me sorprenden aun a mí! Hace unos días, al comienzo de la mañana, elevé esa oración y, en un vuelo entre Chicago y Los Ángeles retrasado por la nieve, me senté junto a una desconocida que se desahogó conmigo contándome su experiencia de fe. Al acabar nuestra conversación, observó: “Alguien se aseguró de que perdiera mi vuelo para que pudiéramos charlar”. Gracias a esa oración, yo supe quién era ese Alguien.